“El Mundial simboliza el poder del fútbol para unir a la gente de todo el mundo”
Nelson Mandela
Y al fin comenzó. El segundo mayor evento deportivo del planeta, tan sólo por detrás de los Juegos Olímpicos: el Mundial de fútbol. Suráfrica será el país que acoja, durante el próximo mes, la decimonovena edición de este torneo, cuya historia está plagada de curiosidades y anécdotas: boicots, escándalos (y no sólo arbitrales), héroes, villanos, golpes de fortuna, robos… Hasta el amor ha estado presente en un campeonato que, a día de hoy, arrastra a masas, pero que, en sus inicios, no tuvo tan buena acogida como cabría suponer. ¿La razón?
La elección de Uruguay como sede del primer Mundial, una decisión que levantó muchas ampollas en Europa. No en vano, muchas naciones del Viejo Continente aspiraban a organizar este evento (España entre ellas), quedándose estupefactas en cuanto se enteraron de que sería Uruguay la encargada de ponerlo en marcha. Jules Rimet, presidente de la FIFA por aquellos entonces, se justificó argumentando, por un lado, que en Europa todavía había muchas heridas abiertas por culpa de la I Guerra Mundial, por lo que, para evitar disputas innecesarias que pusieran en peligro la paz, lo mejor era celebrar el Mundial en terreno neutral, esto es, en Latinoamérica; y, por otro, que Uruguay se merecía tal honor por sus excelentes resultados deportivos en los Juegos Olímpicos de París 1924 y Ámsterdam 1928, donde había cosechado sendas medallas de oro. A su vez, en 1930 se celebraba el centenario de la Jura de la Constitución charrúa, una efeméride que bien valía un Mundial.
Ni siquiera la retirada masiva de todas las candidatas europeas en pro de Italia (que también acabó renunciando al evento) fue suficiente para que la FIFA cambiara de opinión. Uruguay sería la escogida para albergar esta primera gran cita del balompié… Y Europa no lo perdonaría. Alegando que el viaje hasta la nación suramericana era demasiado caro (y más tras la crisis económica que había provocado el crack del 29), muchos países del Viejo Continente declinaron la invitación de la FIFA para participar en el torneo. Tal fue el boicot que Rimet se vio obligado a emplear todos los recursos a su alcance con objeto de evitar que este primer Mundial no fuese un fracaso absoluto. De esta forma, entre otras medidas, forzó a sus compatriotas franceses a competir y solicitó al rey Carlos II de Rumanía que hiciera lo propio con sus súbditos. El monarca accedió a la petición y “enroló” para la selección rumana a unos trabajadores de una plataforma petrolífera británica, quienes, aun así, estuvieron a punto de perderse el campeonato. Y es que dicha compañía se negaba a ceder a sus empleados, teniendo Jorge V de Inglaterra que intervenir como mediador para convencer a sus dirigentes de que les dejasen jugar. Completaron la exigua expedición europea Bélgica, Yugoslavia y Estados Unidos. Sí, habéis leído bien,
Estados Unidos. No en vano, el combinado ‘yankee’ estaba conformado casi en su totalidad por emigrantes ingleses y escoceses, los cuales, contra pronóstico, cosecharon la medalla de bronce (el mejor resultado de los norteamericanos en esta competición), en buena medida gracias a la retirada de Yugoslavia como protesta por el arbitraje sufrido en semifinales ante Uruguay.
Finalmente, 13 países (pudieron ser 14, pero a Egipto le resultó imposible llegar en la fecha señalada) se reunieron en Montevideo, la capital uruguaya, para luchar por el trofeo Jules Rimet, un diseño del francés Abel Lafleur (orfebre y futbolista amateur) que no lucía como el que hoy día se encuentra en Suráfrica (las dos figuras humanas soportando un globo terráqueo), sino que consistía en una copa octagonal sostenida por Niké, la diosa griega de la victoria. El cambio del modelo de Lafleur al actual (obra del italiano Gazzaniga) se debió a que el antiguo galardón fue regalado a Brasil en 1970 con motivo de la conquista de su tercer Mundial (en 1930, Rimet había estipulado que así se haría con la nación que ganase tres torneos), un honor que, el 19 de diciembre de 1983, se transformó en un estigma para la nación suramericana. Y es que aquel fatídico día el trofeo fue robado de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro, no volviendo a aparecer nunca más. Aquella fue la segunda vez que se sustrajo la Jules Rimet; el primer hurto tuvo lugar antes del inicio del Mundial de Inglaterra de 1966, si bien, en aquella ocasión, se encontró a los siete días de su desaparición. Eso sí, no fue mérito de Scotland Yard (que desplegó multitud de efectivos para limpiar su honor), sino de un perrito llamado Pickles. El animal lo halló por casualidad en unos arbustos mientras buscaba comida y Dave Corbett, su dueño, fue recompensado con 5000 libras esterlinas de la época por tal hazaña. Ni que decir tiene que a Pickles jamás le faltó el sustento…
Pero no adelantemos acontecimientos. Retornemos a 1930, al primer Mundial, que no sólo sufrió el boicot europeo, sino también la ira del cielo. Más concretamente, la de unas lluvias torrenciales que impidieron que se terminara a tiempo la construcción del Estadio Centenario, el escenario donde, en teoría, se iban a disputar todos los encuentros mundialistas. Y como dicho coliseo no pudo estar listo hasta el sexto día de competición, la organización tuvo que recurrir a los campos del Nacional (Gran Parque Central) o el Peñarol (Pocitos) para que se celebraran los primeros encuentros de la historia mundialista. El feudo del Peñarol fue, de hecho, el lugar escogido para que, el 13 de julio de 1930, a las tres de la tarde, se diera el pistoletazo de salida al campeonato.
Francia y México compartieron el honor de jugar el partido de inauguración, que finalizó con victoria gala por 4-1. Laurent, en el minuto 19, fue el encargado de abrir la cuenta para los ‘bleus’, pasando así a la historia como el primer jugador que logró marcar en unos Mundiales de fútbol.
No obstante, la estrella de aquel torneo no fue el delantero francés, sino el argentino Stábile, quien, con sus ocho goles, casi llevó a su patria a conquistar el primer Mundial. De hecho, al descanso Argentina iba ganando la final por 1-2 a la anfitriona Uruguay, lo que desató las iras del público local. Tal fue la presión ambiental (con soldados armados con bayonetas incluidos) que los componentes de la ‘Albiceleste’, temerosos por su integridad física (e incluso por su propia vida), no lo resistieron y claudicaron en el segundo tiempo frente a una Uruguay que se impuso por 4 a 2. Una encerrona que, cuatro años más tarde, pareció un juego de niños. Y es que Italia, organizadora del segundo Mundial de fútbol, recurrió a todas las tretas habidas y por haber para levantar la Jules Rimet en Roma: sobornó a Grecia con 400.000 dólares; alineó a cuatro argentinos (entre ellos Luis Monti, una de las estrellas de la Argentina subcampeona en 1930, a quien se fichó para la ‘azzurra’ merced a un c
ontrato en la Juventus de 5000 dólares mensuales, amén de casa y coche) y un brasileño nacionalizados cuando, legalmente, no podía hacerlo (los cinco deberían haber pasado tres años como naturalizados antes de vestir la camiseta transalpina, y dicho requisito no se cumplió en ninguno de los casos); presionó a los árbitros… Benito Mussolini, obsesionado con que Italia se impusiera en “su” campeonato, llegó incluso a amenazar veladamente a sus propios jugadores (“Buena suerte para mañana muchachos, ganen, si no, crash“, llegó a decirles el Duce) y a su entrenador (“Que Dios lo ayude si llega a fracasar“) para que salieran a morder en cada partido y cosecharan aquel glorioso éxito para la causa fascista. “En 1930, en Uruguay, me querían matar si ganaba, y en Italia, cuatro años más tarde, si perdía“, confesó el propio Monti años después.
Una de las principales perjudicadas por aquellas jugarretas de la Italia de Mussolini fue, curiosamente, España. La ‘Roja’ (y morada, pues, en aquel entonces, todavía estaba viva la II República) se midió a la anfitriona en cuartos de final y, para su sorpresa, se adelantó en el marcador gracias a un gol de Regueiro. En ese instante, las presiones realizadas por el Duce a los árbitros surtieron efecto y, pocos minutos después, Italia empataba en una
polémica jugada: Schavio sujetó las manos de Zamora, nuestro guardameta, para que Ferrari marcara sin problemas el tanto de la igualada. Un poco más tarde, el cancerbero hispano tuvo que retirarse con dos costillas rotas, fruto de una brutal agresión de un jugador transalpino. Louis Baert, árbitro de la contienda, no señaló nada en ambas ocasiones, dejando a la ‘azzurra’ desplegar un fútbol muy agresivo, con continuas faltas, agarrones… España, con todo, supo mantenerse firme hasta el final, forzando el encuentro de desempate, donde, lamentablemente, sucumbió por 1 a 0. Eso sí, el gol italiano vino precedido de falta a Nogués, el sustituto de Zamora en la portería; se anularon dos tantos legales a Regueiro y Quincoces… Un espectáculo bochornoso, que, al menos, tuvo consecuencias positivas: tanto Baert como Mercet (que se encargó de pitar el desempate) fueron suspendidos de por vida.
España, por desgracia, no pudo tomarse la revancha en Francia’38. La Guerra Civil lo impidió, constituyéndose como una de las ausencias más sonadas del tercer Mundial, aunque no la única. Así, Austria (anexionada ya con Alemania), China, Japón (éstas dos enfrentadas en la II Guerra Sino-nipona), Argentina, Estados Unidos, Colombia, Costa Rica, El Salvador, la Guyana holandesa, México y Uruguay (que se retiraron al considerar que la FIFA había faltado a su palabra de que el Mundial de 1938 se organizara en América) no pudieron u optaron por no participar en esta cita, marcada por un claro ambiente prebélico, que se dejó
notar en capítulos tan tristes como el del fallecimiento de Matthias Sindelar. El futbolista austríaco, que maravilló a medio mundo en Italia’34, fue hallado muerto en su domicilio tras negarse a competir por la Alemania nazi (regimen al que aborrecía). Un par de meses antes, Sindelar incluso se había burlado de las autoridades germanas en un amistoso que midió a Austria y Alemania para celebrar el Anschluss, marcando y celebrando de manera extravagante el primer tanto de la victoria centroeuropea por 2 a 0. Desde entonces, la Gestapo persiguió y acosó sin descanso a Sindelar, quien, según los informes policiales, se suicidó con su mujer (que era judía), aunque la verdad sobre este trágico suceso nunca salió a la luz.
En buena medida, la muerte del ‘Mozart del fútbol’ se debió a Mussolini. Éste, obnubilado por el éxito de Italia’34, había convencido a Hitler del poder propagandístico del fútbol, por lo que el líder nazi, para garantizarse el éxito en Francia, alistó para la selección germana a buena parte del ‘Wunderteam’ austriaco, una de las mejores escuadras de aquella década. Irónicamente, ni esas incorporaciones sirvieron a Alemania para evitar su tropiezo en la primera ronda mundialista ante Suiza, que se impuso por 4-2 en el partido de desempate (en el primer choque el resultado fue de 1-1). Sin duda alguna, fue la mejor ‘vendetta’ posible para Sindelar, aunque, lamentablemente, ésta no fue completa, pues la Italia fascista se adjudicó su segundo título consecutivo (y también bajo amenaza de muerte del Duce, que les e
nvío a sus compatriotas un escueto, pero claro, telegrama: “Vencer o morir“). Para ello, la ‘azzurra’ no se valió de arbitrajes polémicos como en 1934, sino del talento de Giuseppe Meazza, que fue capaz de doblegar incluso a la Brasil del primer gran astro ‘canarinho’ de la historia del fútbol: Leónidas, el Diamante Negro. Aunque siendo precisos, Meazza y Leónidas jamás se enfrentaron, pues el seleccionador brasileño, Ademar Pimienta, decidió no alinearle en las semifinales que les enfrentaban a los italianos. “Para ganarles no nos hacen falta ni Leónidas, ni Tim, ni Brandao, les derrotamos con los peores del equipo titular“, alardeó Pimienta, quien se tuvo que comer sus palabras tras caer frente a los transalpinos por 2-1.
Leónidas, máximo realizador del torneo con ocho tantos, protagonizó uno de los episodios más curiosos de los Mundiales, al
convertirse en el único jugador de la historia que ha marcado descalzo (en la apoteósica victoria de Brasil sobre Polonia por 6-5). El delantero brasileño asombró, además, con una nueva técnica de golpeo del balón: la chilena. Asimismo, en Francia’38 se pudo ver al primer futbolista con gafas en un terreno de juego, el capitán de las Indias Neerlandesas (actual Indonesia, que puede presumir de ser la pionera de Asia en los Mundiales), una anécdota que únicamente puede competir con la del uruguayo Héctor Castro, quien ayudó a su país a ganar el torneo de 1930 pese a tener tan sólo un brazo. El Mundial de fútbol, a estas alturas, ya se había consagrado como uno de los eventos deportivos más relevantes del globo, pero, al igual que los Juegos Olímpicos, su trascendencia se vio empañada por las sombras de la guerra durante 12 largos años, esto es, hasta 1950, cuando se produjo una de las mayores sorpresas de la historia del deporte: el ‘Maracanazo’. Uruguay, contra todo pronóstico, derrotaba por 2-1 a Brasil en Río de Janeiro, adjudicándose su segundo trofeo Jules Rimet. Schiaffino y Ghiggia
fueron los autores de los dos goles que silenciaron a un país que, liderado por el genial Ademir, vivía convencido de su seguro triunfo. Algo muy parecido ocurrió en Suiza’54, donde tuvo lugar el denominado ‘Milagro de Berna’, al remontar la RFA dos tantos en contra en la final frente a la todopoderosa Hungría de Ferenc Puskas, Kocsis y Czibor. En aquella ocasión, el héroe no se encontró sobre el césped, sino en el banquillo: Sepp Herberger, quien, merced a sus dotes estratégicas y sus dotes psicológicas, convenció a sus discípulos de que vencer a los magiares era posible.
Hungría tampoco tuvo la posibilidad de vengarse. La revolución magiar de 1956 condenó al exilio a casi todas las estrellas del país centroeuropeo, las cuales se negaron a vestir de nuevo la camiseta de su selección (alguno, de hecho, incluso se cambió de nacionalidad, como Puskas, que defendió los colores de España). Aquello, por fortuna, no empañó el
espectáculo del Mundial de 1958, en el que el planeta, merced a la televisión, pudo contemplar las proezas de un joven brasileño que estaría llamado a ser el rey del balompié. Se trataba de Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé, quien lideró a su país (que gozaba de otros muchos talentos, como Garrincha o Vavá) hacia la conquista del primero de sus muchos campeonatos mundiales. Ni siquiera la Francia de Just Fontaine (quien, todavía hoy, ostenta el honor de ser el máximo artillero de un Mundial con mayor número de goles a sus espaldas -13-) fue capaz de frenar el empuje de una Brasil que, desde entonces, ha escrito su nombre con letras de oro en la historia de los Mundiales, siendo, en la actualidad, el país con más copas en sus vitrinas (cinco en total). Es más, tres de ellas las cosechó el propio Pelé de manera casi consecutiva entre 1958 y 1970, con un único paréntesis, el de Inglaterra’66.
Aquel torneo fue muy especial para uno de los mejores jugadores ingleses de todos los tiempos: Bobby Charlton. Y no porque llevara a su país a conquistar en Wembley su primer campeonato del mundo (y contra la RFA, para mayor satisfacción del Reino Unido), sino porque, al fin, pudo homenajear a sus compañeros caídos en el accidente de avión que dejó mermada a Inglaterra de cara al Mundial de 1958. Hasta ocho de sus amigos del Manchester United fallecieron en aquella tragedia, la cual, por desgracia, ya ha
bía vivido Italia en 1950 (la catástrofe de Superga, donde murieron 10 de los 11 titulares de la ‘azzurra’). Ocho años después, Charlton (que se quedó calvo por culpa del estrés derivado del accidente -del que sobrevivió milagrosamente-) levantaba la Jules Rimet recuperada por Pickles en memoria de aquellos camaradas que no pudieron ver el único gran éxito internacional de su país hasta la fecha… Ni al asombroso Eusebio, que llevó a Portugal a cosechar su mejor resultado en unos Mundiales (bronce tras vencer a la Unión Soviética de Lev Yashin, la Araña Negra, por 2-1).
Aquella derrota ante Inglaterra, por el contrario, sentó muy mal en una RFA que vio con impotencia cómo concedían a Hurst un gol fantasma que prácticamente daba el título a los locales. Eso sí, los germanos no tarda
ron mucho en desquitarse, eliminando a los ‘pross’ en cuartos de México’70 (3-2, con goles de Beckenbauer y Müller) e imponiéndose en la final de Alemania’74 por 2-1 ante la ‘Naranja Mecánica’ de Johann Cruyff. Sepp Maier, Beckenbauer, Vogts, Breitner o Müller conformaron una de las ‘Mannschaft’ más potentes que se recuerda, si bien los elogios se los llevaron la Polonia de Lato y, sobre todo, la Holanda de Cruyff o Neskens, a la que el cruel destino no regaló un oro mundial. Si en 1974 los Países Bajos caían en la final frente a Alemania, en
1978 harían lo propio contra, una vez más, la anfitriona, una Argentina que, sin mucho brillo, pero con eficacia, oficio y seriedad (y Kempes), fue capaz de alzarse, por primera vez en su historia, como campeona del mundo. Una experiencia que repetiría ocho años después en México, liderada por uno de los principales genios del balompié: Diego Armando Maradona, cuyo recital de fútbol y picardía frente a Inglaterra se ha convertido en uno de los capítulos más memorables de los anales mundialistas.
No obstante, aquellos años no sólo estuvieron dominados por lo deportivo, sino que, al igual que había ocurrido en el pasado, hubo espacio para lo político y lo truculento. Así, en Alemania’74, las fuertes medidas de seguridad (impuestas a raíz de lo ocurrido en los Juegos Olímpicos de Múnich dos años antes) no impidieron que el haitiano
Ernst Jean-Joseph fuera secuestrado, agredido y llevado a su país de origen por mandato del dictador Papa Doc, como castigo por haber sido expulsado del Mundial debido a un positivo en un control antidopaje. En su tierra Jean-Joseph fue encarcelado y torturado… Curiosamente, el futbolista volvió a competir por su país tras ser puesto en libertad. Por su parte, en Argentina’78, las continuas violaciones de derechos humanos que cometía la dictadura militar de Videla no quedaron impunes, demostrando muchos jugadores de manera pública su desprecio hacia el régimen argentino y sus atrocidades. De esta forma, Cruyff y Breitner decidieron no competir; el combinado holandés no saludó a ni una sola autoridad argentina cuando recogió su presea de plata; Ronnie Hellström, portero de Suecia, marchó con Las Madres de la Plaza de Mayo en su manifestación en la Casa Rosada en lugar de asistir a la ceremonia de inauguración…
Afortunadamente, con el paso del tiempo, el fútbol se ha impuesto a lo extradeportivo, quedando para el recuerdo excelentes
jugadores (Zoff, Rossi, Lineker, Maldini, Schillaci, Matthäus -que ostenta el récord de partidos disputados en Mundiales, a saber, un total de 25-, Roberto Baggio, Romario, Zidane, Ronaldo, Khan…), magníficos conjuntos (la Bulgaria de Stoitchkov, la Suecia de Brolin, la Rumanía de Hagi, la Camerún de Milla, la Croacia de Suker, la Holanda de Hiddink…) y partidos para el recuerdo, así como algún que otro escándalo arbitral que, por desgracia, siempre ha salpicado a España (el codazo de Tasotti, los cuartos ante Corea del Sur). Y es que la historia de nuestro país en los Mundiales siempre ha sido triste, bochornosa, patética.
El gol de Zarra en Brasil’50 ante Inglaterra, que nos valió un cuarto puesto, o los cuatro tantos de Butragueño en México’86 frente a Dinamarca son lo único memorable que se encuentra en nuestro haber. Por el contrario, los fallos (Cardeñosa, Salinas, Zubizarreta), las derrotas dolorosas (Italia, Yugoslavia, Corea del Sur, Bélgica) y las decepciones han sido el pan nuestro de cada día en una competición donde todavía tenemos mucho que demostrar. ¿Seremos capaces de hacerlo este año, en Suráfrica? El tiempo lo dirá.
Me ha encantado este post Alberto, y me encanta ver que cada evento de estos ha tenido siempre su momento histórico mayor o menormente clave.
(argh, este espacio limita mucho los caracteres :_( )Reconozco que lo poco que se de fútbol se lo debo a una afición iniciada en 1992, lo que me contaba mi abuelo y me siguen contando otros señores mayores. La gran mayoría de los jugadores que citas les conozco o por eso o por reportajes en la tele, pero vistos con esa perspectiva histórica me hacen esta afición mucho más fascinante aún. Todavía recuerdo un post en mi blog hablando sobre el impacto de Maradona en Argentina.Chapeu ^^